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n.o30/2008
6,50 €

TOMA DE
DECISIONES
¿Lógica,
conocimiento
o intuición?
A menudo,
las decisiones
espontáneas
son las mejores

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PSICOLOGIA
DE LA GESTALT

MEMORIA
CARTOGRAFICA

PANICO A VOLAR

DSM: DICCIONARIO
DE DEMENCIAS
RETROSPECTIVA

FELIx VICq D’AzyR

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MENTE Y CEREBRO 30 / 2008 47

procesamiento en paralelo. Los sigo pensando

aunque esté ocupado con algo completamen-

te diferente.

El concepto de “preconsciente” procede de

Sigmund Freud. ¿Se da convergencia entre el

psicoanálisis y la neurobiología?

Sí. Nuestra experiencia lo reconoce sin nece-

sidad de ser ni psicoanalista ni neurobiólogo.

Imagine que se encuentra con un viejo conoci-

do. Lo tiene delante y lo reconoce perfectamen-

te, aunque no recuerda el nombre. El hipocam-

po determina qué parte de los conocimientos

previos se hacen conscientes, fenómeno que

no depende enteramente de nuestra voluntad.

A veces hemos de utilizar determinados tru-

cos para salir del paso; por ejemplo, recordar

alguna característica peculiar de la persona

conocida para que así nos venga su nombre a

la memoria. Lo mismo ocurre con los conoci-

mientos importantes a la hora de tomar una

decisión.

¿Sirven los impulsos viscerales sólo para sa-

tisfacer la necesidad de decidir lo más rápida

y certeramente posible?

Si todo resultara tan fácil, a nadie le desagra-

daría. Sin embargo, las decisiones viscerales,

sobre todo si se toman con premura o en es-

peciales situaciones afectivas, no conducen a

los mejores resultados, sino todo lo contrario.

La mayoría de las decisiones que lamentamos

haber tomado en nuestra vida diaria se resol-

vieron con precipitación.

¿Qué coche comprar? ¿El elegante “coupé” para impresionar a los
vecinos, con el quebranto consiguiente de la economía familiar? ¿Sería
mejor un modelo de precio moderado que no cabe por la entrada? En
la elección de un nuevo coche hay que valorar muchos argumentos
racionales (costes de adquisición y de mantenimiento, consumo de
combustible, reparaciones, etc.). Intervienen también los factores emo-
cionales: ¿aumenta el prestigio? ¿cómo funciona?

En el cerebro pueden distinguirse a grandes rasgos tres instancias
de toma de decisión: en la valoración consciente de los pros y contras
actúa la corteza cerebral. Hacia la misma se encamina la información
sobre experiencias anteriores almacenada en el hipocampo (verde en

la figura). Según se ha demostrado en experimentos realizados con
técnicas de imagen, en el control mental interviene de forma desta-
cada el lóbulo frontal, en particular la corteza prefrontal orbitomedial
(OMPFC) (en azul). Las valoraciones emocionales están regidas por
estructuras límbicas (en rojo), la amígdala sobre todo. El “sistema de
recompensa” con el nucleus accumbens y las áreas tegmentales ven-
trales (vTA) anticipan las posibles recompensas al esfuerzo y suponen
un importante impulso motor.

En la práctica el pensamiento consciente, las reacciones emocionales
y los procesos inconscientes (intuición) van juntos. Por ahora no puede
hacerse una clara delimitación en el cerebro.

Un área para todas las estaciones: así decide el cerebro

Nucleus
accumbens

Corteza prefrontal
orbitomedial

(OMPFC)

Amígdalas

Hipófisis

Area tegmental
ventral (VTA)

Hipocampo

Tronco
del encéfalo

Hipotálamo

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48 MENTE Y CEREBRO 30 / 2008

MENTE, CEREBRO Y SOCIEDAD

Gran parte de lo que hacemos queda fuera de los límites de la conciencia. Cam­
biemos de postura corporal o tomemos la
decisión de casarnos, a menudo no tenemos
ni idea de por qué o cómo hacemos lo que
hacemos. Es difícil demostrar con rigor la
noción freudiana de que la mayor parte de
nuestra vida mental es inconsciente. Aun­
que parece sencillo contestar la pregunta
“¿Ve usted (conscientemente) encenderse
la luz?”, más de 100 años de investigación
han demostrado lo contrario. El problema
clave consiste en definir la conciencia de
suerte tal, que pueda medirse captando su
carácter subjetivo, al tiempo que indepen­
dientemente del estado interno del cerebro
del individuo.

Una manera común de evaluar de forma
experimental la conciencia —vale decir, el
percatarse de una sensación, percepción o
pensamiento— se basa en la “confianza”.
Por ejemplo, un sujeto tiene que juzgar
si una nube de puntos que aparece en la
pantalla de un ordenador se mueve hacia la
izquierda o hacia la derecha. Después, debe
asignar un número al grado de confianza que
tiene en su dictamen; por ejemplo, 1 para
indicar que ha hecho una pura suposición,
2 que tiene alguna duda y 3 que tiene cer­
teza absoluta. Este procedimiento implica
que, cuando el sujeto no se ha percatado
bien de la dirección del movimiento de los
puntos, su confianza es baja, mientras que
si claramente “vio” el movimiento, la con­
fianza es alta.

Una cuestión de dinero
En un trabajo reciente, Navindra Persaud, de la
Universidad de Toronto, y Peter McLeod y Alan
Cowey, de la Universidad de Oxford, presentan
un modo más objetivo de evaluar la conciencia.
Se trata de sacarle partido al deseo común
de ganar dinero. Este método es utilizado en
economía para determinar las creencias de un
sujeto en el resultado probable de un aconte­
cimiento. Quienes saben que tienen informa­

ApostAr A concienciA
Los juegos de azar pueden proporcionar un modo de comprobar la percepción consciente sin perturbarla

ChRiSTOf KOCh Y KERSTiN PREUSChOff

Es difícil demostrar con rigor la noción freudiana
de que la mayor parte de nuestra vida mental es

inconsciente.

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96 MENTE Y CEREBRO 30 / 2008

ración y la posibilidad de regulación. Al-

gunas pasiones irascibles modulaban los

apetitos irreprimibles, como la esperanza

o el arrojo.

La modernidad consagra la intros-

pección. Descartes, en Las pasiones del

alma (1649), propuso una psicofisiología

reductiva, que determinará el curso pos-

terior de las relaciones entre mente y ce-

rebro. Sostenía que todas las emociones

humanas derivaban de las cinco pasio-

nes básicas de la alegría, tristeza, amor,

odio y deseo. Con A Treatise

of Human Nature (1740), de

David Hume, la psicología

de la mente se sustituye por

una psicología de las afeccio-

nes de la mente. El amor y

el odio, el orgullo y la hu-

mildad, que constituyen la

identidad personal y están

entretejidas de relaciones de

“gobierno y subordinación”.

Kames en sus Elemens of

Criticism (1752) y Archibald

Alison en su Essays on the

Nature and Principles of Tas-

te (1790) se contaron entre

los primeros que emplearon

la categoría de “emociones”.

El análisis psicológico de las

emociones se acomete con

profundidad en las conferen-

cias dictadas en Edimburgo

por Thomas Brown entre

1810 y 1820. En sus Lectu-

res on the Philosophy of the

Human Mind (1820), Brown

concede a las emociones

un origen mental, no orgánico. Desde

el ecuador del siglo, empieza a aparecer

la palabra “emociones” en los títulos de

los libros; así en Intellect, the Emotions

and the Moral Nature (1855), de William

Lyall.

La metodología de las ciencias empíri-

cas empieza a aplicarse a las emociones

con la Expression of Emotions in Man

and Animals (1872) de Charles Darwin y

el trabajo de William James “What is an

Emotion” (1884). Consideraba nuestras

“pasiones” legado de un pasado animal.

Los estados emocionales hallaban expre-

sión en los movimientos de los múscu-

los faciales provocados por una “fuerza

nerviosa” Y sugería que las emociones

podían alojarse en el cerebro. Para él, las

emociones, reacciones instintivas, se ha-

bían incorporado en la herencia a través

del ejercicio.

Un salto cualitativo se produce en el

último tercio del siglo xx, con el avan-

ce de la biología, de la neurociencia en

particular. Se reclamó atención a la acti-

vidad cerebral, que representaba la fase

inicial de la cascada emocional, si bien

no se ha alcanzado todavía acuerdo so-

bre los estados que deberían considerar-

se emociones genuinas. Se admite que

el concepto puede tener una connota-

ción biológica, conductual y semántica.

Todas las emociones se originan en el

cerebro, pero no todo cambio de esta-

do cerebral produce un sentimiento o

emoción. Los conceptos básicos de la

psicología —hábitos, percepción, me-

moria y emociones— son funciones,

no objetos. Las emociones acompañan

a muchas funciones.

Para Antonio Damasio las emociones

son “conjuntos complejos de respuestas

neurales y químicas que desempeñan

alguna clase de función reguladora”. No

todos los neurocientíficos están de acuer-

do, pues esas condiciones las cumple el

cerebro de un paciente comatoso al oír

su propio nombre. Además, empieza a

insinuarse en la nueva concepción el

componente ético. Cierto es que la va-

sopresina y la oxitocina, dos moléculas

cerebrales, ejercen un efecto profundo

sobre los estados emocionales, especial-

mente en el establecimiento de víncu-

los, mas las regiones cerebrales donde

se muestran activas esas moléculas en

ratas y ratones difieren de

sus alojamientos activos en

los humanos.

Joseph Le Doux define la

emoción como aquel proce-

so cerebral que cuantifica el

valor de una experiencia.

Plantea la emoción desde el

“condicionamiento del mie-

do”, en el que un estímulo

acústico condicionado se

empareja con una descarga

en la pata. Demostró que,

para las ratas, el aprender

la respuesta adecuada del

miedo depende crucial-

mente de la amígdala. Sin

embargo, hemos de andar

con tiento, pues la amíg-

dala no es una estructura

cerebral homogénea, sino

que consta de al menos 13

núcleos distintos.

Los trabajos de Paul Ek-

man sobre las expresiones

faciales han dibujado otro

modelo interesante, que

refuerza la base biológica e innata de la

experiencia emocional. En el cerebro de

los primates se ha encontrado una cir-

cuitería neural para el reconocimiento

de rostros en el giro fusiforme. La in-

vestigación de Ekman sobre emociones

faciales y su análisis de los términos

emocionales en los principales idiomas

del mundo han provocado un debate so-

bre la existencia y enumeración de las

emociones fundamentales. Basados en

su trabajo se han propuesto hasta siete

emociones: angustia, aversión, miedo,

tristeza, alegría, vergüenza y culpa. La

investigación sigue abierta.

Luis Alonso

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