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                            EL PROCESO DE CRISTO.
Ignacio Burgoa Orihuela.
Monografía Jurídica Sinóptica.
PREFACIO
CAPÍTULO PRIMERO.
DERECHO PENAL ROMANO
CAPÍTULO SEGUNDO.
DERECHO PENAL HEBREO
CAPÍTULO TERCERO
EL PROCESO DE JESÚS ANTE EL SANHEDRÍN
CAPÍTULO CUARTO
EL PROCESO DE CRISTO ANTE PILATO
CAPÍTULO QUINTO
LA CRUCIFIXIÓN Y EL DESTINO DE PILATOS.
                        
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EL PROCESO DE CRISTO.

Ignacio Burgoa Orihuela.
Monografía Jurídica Sinóptica.

PREFACIO

El tema concerniente al proceso de Cristo es universalmente conocido. Nunca
ha dejado de tener actualidad. En cada Semana Mayor se le conmemora.
Sobre él hay una abundante literatura que recoge diferentes ideologías
religiosas, mismas que, a través de ópticas variadas, lo analizan y comentan
diversamente. Múltiples insignes escritores, desde la antigüedad hasta
nuestros días, han elaborado enjundiosos estudios respecto de las cuestiones
mitológicas, sociales y políticas que su permanente tratamiento suscita. Por
estas, y otras muchas razones, suponemos que la obra que hoy
emprendemos quedará inmersa, sin ninguna relevancia, en el grandioso
océano del pensamiento humano. Sin embargo, creemos que, mediante ella,
intentamos apreciar el proceso de Jesús desde el punto de vista
eminentemente jurídico, sin tener la osadía de agregar un ápice a la eclosión
de ideas que sobre tan ingente tópico se han emitido, desde que se
desarrolló y concluyó, hasta la actualidad y que con seguridad se expresarán
en el futuro.

El hombre, en el mundo de la intelectualidad, tiene siempre la inquietud de
investigar lo que en su vida ha aprendido y de externar las ideas que el
estudio le ha forjado y sus reflexiones le indican. Sin ese elemento anímico el
ser pensante se encerraría en el claustro del egoísmo erudito que no genera
ningún provecho para nadie. Estas meditaciones, inherentes a la autocrítica,
nos han impulsado a escribir el presente opúsculo a sabiendas de los yerros
y omisiones en que previsiblemente podamos incurrir por causa de la natural
falibilidad humana. Pero independientemente de tal factor intelectivo,
nuestra emoción cristiana ha sido el poderoso motor que nos ha hecho

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enfrentar los citados riesgos, coincidente con la vocación añeja, pero
actuante, que profesamos por el Derecho. Merced a tales causas,
intelectuales y sentimentales, hemos decidido, con atrevimiento y audacia,
emprender el tratamiento jurídico del proceso de Cristo, tópico sobre el cual
existe valiosa literatura que nos ha servido de sustento en tamaña empresa.

Para quienes creemos que Jesús es Dios mismo, o sea, encarnado por el
Verbo Divino, y no simplemente el Mesías, es decir, el redentor del pueblo
judío ante los gentiles y su caudillo político frente a la dominación extranjera,
estimamos que su proceso culminó con un deicidio. Su desarrollo debió
someterse a las disposiciones jurídicas coetáneas a él, implicadas en el
Derecho Romano y en el Derecho Hebreo. Este imperativo constituye el
punto central de las consideraciones que formulamos en la presente obra.
Por ende, para tratarlo, imprescindiblemente se deben estudiar ambos
órdenes normativos con el objeto de dilucidar si dicho proceso se ajustó a
sus mandamientos. La observancia del Derecho Romano y del Derecho
Hebreo, o su violación, es la toral cuestión que planteamos y analizamos en
nuestro estudio, cuyo contenido, consiguientemente, debe reputarse a-
religioso. En otras palabras, este planteamiento y este análisis son
estrictamente jurídicos, con referencias, empero, a temas necesariamente
vinculados a la explicación e interpretación de las normas concernientes a
ambos tipos de Derecho.

Por otra parte, debemos manifestar que la elaboración del opúsculo que
presentamos, obedeció no sólo a la inquietud intelectual y a la emoción
sentimental de que hemos hablado, sino a circunstancias de carácter fáctico
surgidas en importantes momentos ligados a nuestra actividad académica.
Un Jueves Santo del año de 1968 coincidió con un programa radiofónico que
entonces dirigía mi dilecto amigo, ya finado, el licenciado Tomás Gallart,
sobre temas sucesivos integrantes de una serie denominada "La Constitución
y Usted". Tal coincidencia nos sugirió la idea de exponer el tema del Proceso
de Jesús en vez de dictar una conferencia sobre la garantía de audiencia. En
dicha exposición hablamos de las violaciones que se cometieron en tal
proceso contra las disposiciones del Derecho Hebreo y del Romano. La
exposición respectiva causó buena impresión en el público audiente y se
repitió el Jueves Santo del año siguiente. Además, la Generación de
Posgrado 1983 de la Facultad de Derecho de la UNAM por conducto de su

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por conveniencia propia y no por amor á la justicia? No insistiré mas acerca
de ello, pero sí que os preguntaré si creéis cumplir con las prescripciones de
la ley, dejando de aplicar el castigo que la ley impone á los testigos falsos. Sí
que os preguntaré: si las deposiciones de los acusadores son justas, ¿por
qué no procuráis condenar á Jesús, basando la sentencia sobre esas
acusaciones? Y si son injustas, si son calumniosas, ¿por qué no poneis á los
acusadores en el lugar que ocupa aun el inocente acusado, y por qué no dais
cumplimiento á la ley, aplicando á los testigos falsos la pena que merecía el
inocente, si hubiese resultado cierta la acusación? Dejando impunes á los
testigos falsos, y manteniendo al inocente acusado en el banquillo del reo,
decidme: ¿creéis dar á Jesús de Nazareth las garantías prescritas por la ley
en favor de los acusados injustamente, y en contra de los acusadores que de
la información abierta resultan calumniosos?

Otra de las garantías que la ley da al acusado, es el precepto de que no se
admita en calidad de testigo á nadie que no sea de una reputación sin tacha
y de una forma inmaculada, y Dios obró como quien es al darnos este
precepto, porque sabe que el hombre de mala reputación y de malas
costumbres, con mas facilidad se halla dispuesto á calumniar, que no lo está
el hombre de bien. No quiero aventurar suposiciones ofensivas para los que
intensamente han depuesto contra mi inocente defendido; yo no sé quienes
son y hasta ignoro como se llaman, de consiguiente menos puedo saber
acerca de sus antecedentes y de su reputación: no, señores, no quiero
aventúrame á juzgarlos sin tener antecedentes, pero sí que puedo y debo
echar en cara al tribunal, que debiendo dar al acusado las garantías exigidas
por la ley, ni siquiera ha pensado en preguntar á los testigos su nombre; ni
siquiera ha pensado en que debía enterarse de sus antecedentes, para saber
si eran testigos admisibles ó si debían rechazarse. En su consecuencia, nos
hallamos en la peregrina situación en que no se ha encontrado jamás
tribunal en el mundo: nos hallamos en que después de haber oído a doce
hombres que acusaban falsamente á Jesús de Nazareth, solo conocemos el
nombre y los ante cedentes de Ananías y de Achazías. Singular modo de
ofrecer al inocente acusado las garantías legales contra los falsos
acusadores, cuando no sabe aun el tribunal si los testigos son ó no
admisibles: cuando no sabe si son hombres honrados ó si son unos perdidos,
que por un puñado de oro venderían diez veces su alma al diablo, si el diablo
se la quisiera comprar. iPero Qué! Señores, ¡yo no me admiro de tanta

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ilegalidad, no: se quiere condenar á tan criminal y para eso está la ley, pero
cuando se quiere condenar á un inocente, la leyes un estorbo y por eso se
hace añicos de ella! ¡Ved ahí la explicación de tantas ilegalidades, de tantas
injusticias, de tanta iniquidad! ¡Tristísima explicación en verdad!

Otra garantía prescrita por la ley, es la de llamar públicamente testigos en
pró del acusado, después de haber oído á los testigos acusadores y vosotros
no solo habéis dejado de hacer eso, sino que para evitarlo, os habéis reunido
de noche en un lugar que no es e! lugar de la administración de justicia, y
con las puertas cerradas para que no entren aquí ni pueblo que juzgue de
vuestra iniquidad, ni testigos que depongan en favor del inocente que
pretendéis condenar: es mas, estáis tan lejos de conceder tales garantías á
Jesús de Nazareth, que aun sabiendo que no había aquí pueblo para
juzgaras, habéis hecho todo lo posible para que yo, que lo defiendo, no
pueda justificarle, ó cuando menos, para impedir la justificación que
procuraba hacer, cuando uno á uno de los testigos que presentabais
quedaban inutilizados y confundidos á las pocas palabras que les dirijía.

Ahora bien, ¿creéis que se ha dado á Jesús de Nazareth la más pequeña
garantía de las deposiciones falsas de los testigos? Vuestro silencio y vuestra
confusión hablan por vosotros y la historia de esta horrible noche de
iniquidad, formará época en los fastos de la historia no solo del Sanhedrín,
sino también del pueblo hebreo... Mas ¡ay! ¿qué época será esa que se
inaugura pisoteando todas las leyes de Dios y cometiendo un crimen que
aterroriza?.. ¡Ay de la Sinagoga! ¡ay del pueblo hebreo! ¡ay de vosotros,
jueces, que pisoteáis la ley de Dios, para tener el placer de cometer un
crimen espantoso como no hay ejemplar!

Pero dejando á un lado consideraciones, que por tristes y dolorosas que sean
no pertenecen á este lugar, ni hacen á mi objeto, permitid que os dirija la
voz para apostrofaros; permitid que desate mi lengua y que el torrente de la
amargura que acibara mi alma, salga por mis labios en vista de vuestra
tremenda injusticia. Quiero reasumir todo lo que he dicho hasta aquí y no sé
como empezar; lo que debo decir es tan grande y tan abrumador y yo me
hallo tan poderosamente dominado por la tristeza y por la turbación, que no
se cómo mis labios aciertan á proferir una palabra, ni cómo mi pobre
entendimiento acierta á coordinar una idea.

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Cristo como Dios, debió agitarse por el Sanhedrín a efecto de no condenado,
como lo hizo, por el delito de blasfemia. Consiguientemente, además de las
violaciones contra el Derecho Procesal Hebreo que puntualizamos en el
capítulo respectivo de este opúsculo, el mencionado tribunal cometió una
gravísima afrenta al profeta aludido, quien, en unión de los demás, era un
varón extraordinario, cuyas exhortaciones integran el Antiguo Testamento,
mismo que fue contravenido por la sentencia de muerte decretada contra
Jesús de Nazareth por un delito en que no incurrió el Hijo de Dios. Por otra
parte, la aludida sentencia también violó el Antiguo Testamento al condenar
al Salvador a la muerte en cruz. La crucifixión, ya lo hemos dicho, no era una
pena establecida por los hebreos. Esta se cumplimentaba por lapidación,
hoguera, o degollación según la ley judía vigente en la época de la Pasión de
Jesús.

Del breve y somero estudio sobre el Proceso de Cristo, que se contiene en el
presente opúsculo, se patentiza la conclusión de que el Hijo de Dios fue
víctima del interés político de Pilato envuelto en el temor de caer en
desgracia ante su jefe, el emperador romano Tiberio. Sacrificó al valor
Justicia en aras de su cobardía, que lo obligó a decretar la crucifixión de
Jesús, pese a su propósito de salvarlo de la ferocidad de los judíos.
Tácitamente fue destinatario de la ley del Talión, según se infiere de los
Evangelios Apócrifos que hemos señalado. Sin embargo, secularmente se ha
planteado este dilema por los estudiosos del proceso de Cristo: ¿su actuación
fue libre o efecto de la predestinación? El entendimiento humano es incapaz
de resolver imparcialmente esta cuestión. Solamente la sabiduría infinita de
Dios puede dirimirla. Solummodo Deus sciet.

Por último, a guisa de autocrítica, es pertinente formular las siguientes
observaciones. La denominación de este opúsculo la hemos expresado como
"Monografía Jurídica Sinóptica", pues su contenido se refiere a un solo tema
principal, el "Proceso de Cristo", mismo que tratamos desde el punto de vista
del Derecho por modo breve y en forma de resumen. Para no rebasar la
susodicha temática, hemos deliberadamente obviado múltiples cuestiones
meta jurídicas que, por necesidad, se vinculan a dicho Proceso, tales como el
nacimiento, la vida, la obra y la pasión del Salvador, así como el análisis, o al
menos la referencia, a múltiples personajes y hechos conectados con el tema
central, por no decir único, del presente opúsculo, que tiene propiamente el

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