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Pontificia Universidad Javeriana

Facultad de Odontología

Antropología Filosófica

Prof. Jonathan Triviño Cuellar

María Gabriela Barreto Celis

Maria Andrea Aragon Cabal







El trabajo médico-paciente: Una profesión en construcción



A lo largo del presente escrito se tratará el rol del concepto de dolor en las

relaciones cotidianas entre el paciente y el médico. Para esto, nos centraremos en una

amplia gama de referencias que apuntarán a concebir dicho concepto desde una

perspectiva mucho más extensa y compleja. El dolor ya no puede tratarse como una

simple molestia corpórea de eminente carácter nervioso, tal y como se le ha tratado

paradigmáticamente a través de la historia médica. El dolor comprende un aspecto

multidimensional de factores de la vida del individuo que van en detrimento de sus

estándares de vida en cuanto su salud, a la manera de relacionarse con otros, y que

escapa a las percepciones sensoriales. Luego de profundizar en una variada selección de

corrientes filosóficas, antropológicas e inclusive religiosas, daremos cuenta que el dolor

estrictamente sensorial o fisiológico es solamente una manifestación del espectro que

comprende el sufrimiento humano.



En esa lógica, se demostrará que la labor ideal del médico, cualquiera sea su área,

consiste en aproximarse de la mejor manera posible a un cabal entendimiento de ese

espectro multidimensional del dolor, atendiendo a que su oficio consiste en, más que

retardar la muerte, mejorar la calidad de vida. De esta razonamiento se desprende

necesariamente, que muchas veces la postura de la cura al dolor se encuentra en

conflicto con la voluntad del ser humano como ente autónomo. En ese tipo de

situaciones, el médico deberá anteponer o darle primacía a la elección del paciente

sobre el cómo tratar su sufrimiento, respetando los parámetros antropológicos,

culturales, ideológicos y religiosos que rigen en su conciencia y la manera en la que

dicho paciente concibe el dolor.

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En ese sentido, este escrito constará de tres secciones. En la primera se ofrecerá una

definición lo más extensa posible sobre el dolor, atendiendo al supuesto del cual

partimos: es un espectro multidimensional que abarca casi cualquier área imaginable de

la naturaleza humana. Posteriormente nos valdremos de varias posturas para romper con

el paradigma que pregona por que la labor del medico consiste en depurar la muerte,

cuando esta debe ser velar por mejorar los estándares de vida en relación del paciente y

garantizar la dignidad del mismo. En este punto nos enfocaremos en diversas

concepciones iusfilosóficas
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para sustentar que ya se ha evolucionado desde Estados

arcaicos paternalistas controladores de la autonomía individual de los ciudadanos, para

mutar en auténticos estados constitucionalistas que le reconocen la potestad plena de

optar por el tratamiento personal al individuo mismo. Aquí es donde el papel del médico

entra a desempeñarse en función de la elección del paciente, y no al revés. Por último,

dejaremos un espacio para reflexiones finales sobre las cuales se pueda examinar el

trabajo médico desde una óptica mucho más antropológica y humana.



El dolor comúnmente se ha asociado con aquellas conexiones nerviosas que parten

de una herida o enfermedad y que nuestro cerebro interpreta como percepciones

negativas. En ese sentido, el dolor es el mecanismo de defensa del cual se vale nuestro

sistema nervioso para protegernos, en la medida en la que nos pone en alerta de

situaciones de peligrosidad. De ahí que se refiera comúnmente al dolor como la

“defensa apreciable contra la inexorable hostilidad del mundo” (Breton, 1999, p. 7)



Desde tiempos de antaño, casi todas las religiones han satanizado el dolor. El

cristianismo consideraba que el dolo era una manera del mal manifestarse en la vida de

las personas, sobretodo a través de enfermedades endémicas incurables que sacudieron

a Europa durante la Edad Media. También se creía que el dolor era una manera de pagar

como tributo divino por la salvación y la deuda eterna contraída desde el pecado

original. Otras culturas han concebido el dolor como una cura para la condición

humana, en la medida en que se pueda despojar el hombre del mundo corpóreo y

mundano para trascender a un estado superior de autoconsciencia. Dolor también se ha

relacionado con: prácticas de autocontrol; iniciación a un grupo social; castigo y


1 Iusfilosóficas: Concepciones filosófico-jurídicas; Filosofía del Derecho.

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reproche de conductas sociales y muchas otras. Desde el existencialismo se considera al

dolor como un obstáculo para el hombre de poder alcanzar su paz interior y realizarse

como un fin último. En esencia, vemos que en todas las cosmovisiones, el dolor físico

es tan sólo una dimensión del dolor, puesto que éste se destaca por influir en las

relaciones del hombre con su entorno y obviamente, con su cuerpo.



Desde una postura más amplia, el dolor se podría definir como la manifestación

subjetiva que es captada por los individuos que interactúan con quien experimenta

cualquier indicio de sufrimiento. El hecho de definir esa manifestación subjetiva es un

tema problemático a la hora de abordar el dolor. ¿Cómo se puede definir el dolor si es

una manifestación subjetiva? No se puede, el dolor es una sensación eminentemente

personal y autónoma. De ahí que no existan dos personas que tengan el mismo umbral

de dolor o que lo experimenten de manera equivalente, y aún si existiera, no habría

manera de comprobarlo. Desde esa óptica, el dolor es el resultado personal de una

manera completamente autónoma de interactuar con el cuerpo, y que a su vez repercute

en la forma en la que el individuo siente, piensa, se exterioriza al mundo, y se relaciona

con sus semejantes.



El dolor es una experiencia que tiene la capacidad de invadir y afectar todos los

espacios íntimos de un sujeto. En primer lugar y como es evidente, supone una

experiencia sensorial producto de las transmisiones eléctricas de todo individuo quien

ostente de un sistema nervioso y un cerebro primitivo. Este sería el dolor más arcaico,

instintivo y clásico; es aquel que compartimos con los mamíferos y nos sirve para la

adaptación y la supervivencia. No obstante, como ya dijimos anteriormente, el dolor es

siempre una vivencia que trasciende al individuo, puesto que se aleja del plano corporal

para convertirse en una experiencia metafísica y abstracta. Cuando el dolor pasa a este

plano, el individuo se identifica en un entorno de un estado emocional que no es

habitual. Encuentra que atenta contra su propia identidad, su autoestima, tranquilidad y

paz interior.



Desde el plano emocional, el dolor tiene el efecto de alterar la psiquis, radicalmente

diferente al dolor físico. Ese dolor psíquico se refiere a un profundo sufrimiento o

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angustia muchas veces por un evento que ni siquiera ha ocurrido, como la pérdida

inminente de un ser querido, o la puesta de una situación irreversible. Asimismo, en el

aspecto emocional aparecen manifestaciones de dolor que no tienen ninguna conexión

con procesos fisiológicos como heridas o lesiones, sino con estados profundos de

ansiedad y depresión. Los estados de ánimo pueden deberse a una multiplicidad de

factores que ocasionen una constante y sistemática pérdida de autoestima y tranquilidad,

como por ejemplo la vida en relación con otro, la pérdida de un objeto o persona

valuada, o inclusive las secuelas de una enfermedad ya superada que dejaron pérdidas

físicas irrecuperables.



Debemos reiterar que se planteó que el dolor es una experiencia estricta y

puramente personal, pero esto no obsta para que la fuente del dolor provenga siempre

del individuo mismo. Como ya hemos visto, el dolor físico y psíquico apuntan a que el

punto de partida del sufrimiento es una lesión corporal o una emoción momentánea o

prolongada derivada de un proceso de introspección que conduce a tal efecto. Sin

embargo, el dolor puede provenir de eventos externos a la persona, lo que significa que

no necesariamente el dolor parte de un proceso interno todas las veces. En el sentir de

Boixareu, M., “la raíz del dolor no siempre está en el sujeto que lo sufre, sino en el

modo de interacción que éste tiene con su entorno” (Boixareu). Lo que significa que el

detrimento de la vida social o la vida en relación tiene el potencial de causarle el dolor a

una persona, bien sea por relaciones con otros que impliquen humillación, degradación,

sumisión, o simplemente que no exista tal relación con otras personas. Es una postura

que parte de la sociabilidad natural del hombre y que reconoce que a falta de este

componente intrínseco al ser humano, se trasgrede con su individualidad y vivencia.

Otra forma de entender el dolor en relación con otros sin necesidad de un daño

fisiológico se observa en una de las teorías contemporáneas del dolor: La empatía, que

como lo comprende Edith Stein es la cual nos permite interiorizar el dolor del otro y nos

lleva a un acto espiritual donde se obtiene una experiencia mas intima del yo. Existen

también formas de dolor se caracterizan por atentar directamente con el sentimiento de

identidad de la persona, y también contra la libre desarrollo de la personalidad por

ejemplo a través de la sexualidad o las creencias religiosas. Ese tipo de dolor surge

cuando se “vive la sexualidad con culpabilidad o disgusto” (Buyentidjk, p. 52). En

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aquí donde debemos incluir una nueva definición del ser humano, y una nueva

mentalidad a la hora de brindarle un tratamiento médico, partiendo de la premisa que lo

despoja de esa frivolidad médica de forma de vida orgánica a considerarlo como un ser

que es un fin en sí mismo. A continuación presentaré referencias jurídico filosóficas que

servirán de soporte en esta segunda sección para dar vuelta al paradigma médico

referido.



El constitucionalismo actual tiene el común denominador de construir una

institucionalidad en función del individuo y sus derechos como eje central del sistema

jurídico. Hemos visto una mutación de la primacía de la ley y el Estado soberano de los

brotes nacionalistas de mediados del siglo XX, hacia la prelación del ser humano y de

sus derechos (Zagrebelsky, 1995), evidenciado por el carácter de Estado Social de

Derecho, tal y como es el Estado Colombiano. Las constituciones pioneras como la

norteamericana y la francesa han incluido consignas y parámetros políticos que obran

en contrapeso de los poderes del estado en función de las garantías y libertades de los

ciudadanos, evitando el abuso del poder y la tutela de los derechos reconocidos

internacionalmente. Sin lugar a dudas, el derecho a la libertad conforma la estructura

medular de las cartas políticas actuales dado su relación íntima con la humanidad misma

y con su carácter de imprescriptibilidad e inalienabilidad. Obviamente definir la libertad

es una tarea ardua y problemática dadas las distintas cosmovisiones que coexisten al

interior de un mismo estado-nación, pero no obsta para acoger unos estándares mínimos

que valgan en cualquier lugar del planeta a la hora de referirse a este derecho como

fundamental para el ser humano.



En ese sentido, la libertad in nuce, o en su núcleo, consiste llanamente en un marco

que garantiza que toda definición de libertad posible se encaje o se enmarque en ella.

Parte de la base del reconocimiento de una persona como autónoma y digna, en

capacidad de obrar por y para sí misma, sin mayor constreñimiento alguno que lo que le

dicte su fuero interno y el sistema jurídico externo. Es decir, la persona tiene la facultad

de fijarse su propio fin sin llegar a trasgredir derechos ajenos o normas imperativas. La

libertad propia solo puede ser impuesta en virtud de que la libertad de los demás, el

orden y la justicia sean vulnerados. En general, esta definición es extraída de los juicios

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de Jhon Rawls en su texto „A Theory of Justice‟. Veamos un extracto de la postura de

Rawls en su texto mencionado anteriormente: Cada persona debe gozar de un ámbito

de libertades tan amplio como sea posible, compartible con un ámbito igual de

libertades de cada uno de los demás. (Rawls, 1971)



De este marco conceptual podemos establecer una serie de consignas que son el

andamiaje de la definición más liberal de la libertad, y también de la línea

jurisprudencial de la Corte Constitucional Colombiana sobre lo que se ha establecido

como la „cláusula general de la libertad‟, definición sustraída del artículo 16 de la

Constitución Política. Se constata un ámbito a cada persona como sujeto ético de

exclusiva elección personal, en el cual sea la persona quien “decida sobre lo más

radicalmente humano, sobre lo bueno y lo malo, sobre el sentido de su existencia” –

Sentencia C-221/1994, Magistrado Ponente Carlos Gaviria Díaz



De acuerdo con la anterior definición, es habitual que para el paciente el

tratamiento tradicional del dolor sea incompatible con su ideología, su cosmovisión, o

inclusive que llegue a ser contradictorio. Las personas pueden llegar a tener placer por

el dolor; otras encuentran en el una vía para perfeccionarse y superar el plano mundano

y banal de los placeres del cuerpo. Otros pueden sentir dolor intenso y profundo sin

necesidad de estar heridos, e inclusive suplican por tratamiento aun cuando se crea que

la labor del médico ha finalizado. Es por esto la importancia que los médicos se

incorporen a empatizar con sus pacientes: a reconocer que no son máquinas cerradas,

sino que es un ser “permeable, capaz de interactuar con su entorno y sus semejantes y

de establecer vínculos afectivos con ellos” (Boixareu, p. 259)



Cada individuo está permeado de ideas, valores y creencias; de ahí que cada

paciente sea un fin en sí mismo y se le de la elección de decidir en primer lugar, si

considera someterse a un tratamiento médico. En segundo lugar, dicho tratamiento

deberá ser el más idóneo conforme a su situación concreta, sin limitarse exclusivamente

al tratamiento fisiológico puesto que ya conocimos que el dolor permea y trasciende

todos los rincones del individuo que pueden llegar a afectar su fuero interno y su

relación con el mundo exterior.

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