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Table of Contents
                            Presentación
I Mi Pentecostés
II Curación completa
III Ciego de Betsaida
IV Egoísmo y morir a uno mismo
V Orgullo y humildad
VI División y unidad
VII Esclavitud y libertad
VIII Shalom
IX Espíritu Santo, fuente de salud
                        
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mejores, sino los únicos dignos de ser tomados en cuenta; cuando presumimos
el número de miembros de nuestra comunidad, los éxitos que obtuvimos, y el
reconocimiento y agradecimiento del Obispo para con nosotros.

Orgullo refinado es buscar los dones carismáticos, no para servir a los demás,
sino como medallas condecorativas, o aprovecharse de la autoridad para
imponerse y dominar.

En un Encuentro Internacional de Líderes me preguntaban los responsables a
qué se debía tanta división entre los grupos y entre los líderes. Yo les contesté:
“Hay un solo problema y la respuesta la voy a dar en sólo tres palabras. No más, sólo
tres: or-gu-llo, orgullo, ORGULLO”.

Ellos esperaban otro tipo de respuesta más descriptiva que ahondara causas
y analizara problemas, pero al escuchar mi contestación todos estuvieron de
acuerdo.

A veces encontramos personas que comenzaron obras apostólicas
maravillosas. Sin embargo, al poco tiempo en vez de alegrarse porque otros
trabajan en lo mismo, tienen celos de ellos. Se sienten mal con los éxitos de
otros porque quisieran tener el privilegio exclusivo de ser los únicos que
trabajan para la gloria del Señor.

El orgulloso no sabe recibir de los demás porque no admite necesitarlos. Él se
cree indispensable e insustituible. Por eso se sumerge en un remolino de
actividad que lo mantiene en lo superficial. Tiene “complejo mesiánico”, cree que
es el único que puede solucionar cada problema y la salvación de la
comunidad.

Como tiene tanto trabajo no le queda tiempo para la oración. En el fondo,
llega a creer que es capaz de salir adelante por sus propias fuerzas. Jesús no es
su Señor. Él es el señor de sí mismo.
f. Consecuencias

El orgullo nos transforma en dardos para herir a los demás y al mismo
tiempo nos debilita tanto que nos hace vulnerables ante la menor contrariedad.

El orgullo provoca orgullo, violencia, enojo, discusión, guerras e injusticias. Si
pudiera definir el infierno sería como el reino del orgullo. Así como en el
infierno no puede entrar nada de amor, en el cielo no puede haber nada de
egoísmo ni orgullo.

El día que Santiago y Juan buscaron obtener los puestos más importantes en
el Reino, lo único que provocaron fue enojo de parte de todos los demás
apóstoles (Cf. Mc 10,41), y que se intensificara más la competencia por el
primer lugar.

Hay pecados que producen cierta satisfacción transitoria o cierta unión
aparente, sin embargo, el orgullo sólo produce división y conflictos.

No existe ninguna recompensa o compensación agradable o benéfica en el
orgullo. Creo que es uno de los pecados más dañinos porque por naturaleza

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causa frustración.
B. MEDICINA: HUMILDAD

El orgullo es enfermedad tan grave que nos conduce irremediablemente a la
muerte, pero ¿cuál es la medicina? ¿Dónde está el médico capaz de liberarnos
de este mal?

El médico es el mismo Jesucristo y la medicina es imitar su estilo de vida.
Andrés fue uno de los primeros discípulos de Jesús, pero precisamente por

haber encontrado al Mesías tomó la decisión de buscar a su hermano Simón y
llevarlo al Maestro. Cuando el pescador de Cafarnaúm fue transformado en
pescador de hombres y más tarde en piedra de la Iglesia, Andrés no se
consideraba inferior; al contrario, se sentía orgulloso de su hermano. Cuando
Pedro convirtió a 3,000 personas el día del Pentecostés, Andrés lloraba de
alegría.

Sentirnos orgullosos de nuestros hermanos nos libera de amarguras y
frustraciones.
a. La humildad

Si el orgulloso quiere acaparar toda la gloria y el reconocimiento para sí, el
humilde siempre da la gloria a Dios. No se trata de negar nuestras cualidades,
sino atribuirlas al Señor. Ni siquiera consiste en afirmar que todos son mejores
que yo; sino reconocer que nuestros dones nos han sido dados gratuitamente.
Si tengo diez talentos, la humildad no consiste en decir que sólo tengo nueve,
sino en reconocer que me fueron confiados y ponerlos a trabajar todos ellos.

Humilde no es el que no sobresale ni el que nunca hace cosas grandes o
importantes; tampoco el que se esconde, sino el que en todo cuanto realiza, sea
poco o mucho, no se queda con la gloria para sí.

La humildad no consiste en ser pequeño como el grano de mostaza, sino
crecer para que lo pájaros puedan anidar. Tampoco es estar escondido como el
fermento, sino en transformar la masa.

Cuando pensamos que un título o función nos hace superiores a los demás,
estamos cayendo en un grave engaño. Por eso, San Ignacio decía que el primer
grado de humildad consiste en nunca mentir, no aparentar lo que no somos, no
ponernos máscaras o maquillajes que nos hagan aparecer mejores.
b. Jesús manso y humilde

Pablo resume la vida de Cristo en una frase:
Se humilló a sí mismo tomando condición de siervo: Flp 2,8.
Jesús se describe a sí mismo cuando afirma:
Aprendan de mí que soy manso
y humilde de corazón: Mt 11,29.
¿Jesús mostraba humildad cuando afirmaba sin titubeos: Yo soy el camino, la

verdad y la vida? O cuando retaba a sus enemigos: ¿Quién puede demostrarme que

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