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41

pág. 42

Las guerras españolas
en el patio trasero
Rafael Sánchez Mantero pág. 54

Las causas de la discordia
Felipe Sahagún

pág. 48

El final del Protectorado.
Descolonización
Mª Concepción Ybarra

Desde la guerra de 1859, Marruecos se convirtió en objeto de
deseo y fuente de frustración para España. Las Guerras de África
ensombrecieron la política interior española; la descolonización
del Protectorado se vivió con despecho y una sarta de conflictos
ha colocado hoy en su nivel más bajo las relaciones entre dos
países a los que la Historia y la Geografía aconsejan entenderse

DOSSIER

ATRACCIÓN FATAL
Un episodio de la Guerra de África
de 1859, según un grabado de la época.

España - Marruecos

y la colaboración de J.M.Ridao

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Con la toma de Melilla y el traspaso de Ceuta, empezó la aventura española
en el Magreb, que dio un espectacular salto cualitativo en el siglo XIX.
Rafael Sánchez Mantero explica las causas de las Guerras de África

PATIO
TRASERO

Las guerras
españolas en el

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ESPAÑA-MARRUECOS: ATRACCIÓN FATAL

Un marroquí confidente de los españoles, junto a un
solado y a un número de la Guardia Civil en el Norte
de África. Esta postal de los años veinte difunde una

tranquilizadora imagen del “moro amigo”.

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francés, el mariscal Lyautey, en 1912,
había definido este sistema de la si-
guiente manera: la concepción del Pro-
tectorado es la de un país que conserva
sus instituciones, su gobierno y su ad-
ministración a través de sus órganos
propios, bajo el mero control de una
potencia europea que le sustituye en la
representación exterior, se hace cargo
de la administración de su ejército y de
sus finanzas y lo dirige en su desarrollo
económico. Lo que caracteriza a esta

concepción es la fórmula “control”, en
cuanto opuesta a la de administración
directa.

Sin embargo, hacía tiempo que tanto
España como Francia estaban ejercien-
do en su Protectorado una “administra-
ción directa” y, aunque el sultán seguía
siendo “la más alta autoridad, de la que
emanaba todo poder, conservaba su
prestigio y era el jefe espiritual de todos
los marroquíes”, en realidad, no poseía
apenas poder político y sólo se le per-

mitía firmar los dahires que le presenta-
ba la Residencia General francesa. De la
misma forma se consideraba al jalifa de
Tetuán en la parte española. Su Majzén
administraba los asuntos internos, y la
Alta Comisaría, que desde 1951 estaba
dirigida por el general García Valiño, era
la que efectivamente controlaba la zona.

Dos caminos distintos
Al inicio de los cincuenta, todo el Ma-
greb se preparaba para conseguir su
independencia. Francia y España, po-
tencias colonizadoras en el Noroeste
de África, respondieron de diferente
manera al deseo de libertad de los pue-
blos magrebíes. El nacionalismo, con la
connivencia de la Liga Árabe, había co-
menzado a ejercer una gran presión so-
bre Francia. La alianza de los países
árabes, en 1951, había solicitado a las
Naciones Unidas que se ocuparan del
grave problema que se estaba presen-
tando en Marruecos a causa de la ten-
sa relación existente entre el mariscal
Juin, residente General de Francia en
Marruecos, y el sultán Mohamed V.
Juin había denunciado al soberano por
prestar ayuda al Istiqlal, el más nacio-
nalista de los partidos magrebíes, y
aconsejaba a su Gobierno el destrona-

50

La subida al trono de Marruecos en1999 de Mohamed VI, tras la muerte
de su padre Hassan II, ha aumentado el in-
terés por todas las cuestiones referidas a
Marruecos. Se han publicado varios títulos
sobre el nuevo rey la época que protagoni-
za, de la que se esperan cambios significa-
tivos. Uno de estos títulos, de un historia-
dor francés experto en Marruecos, nos
ofrece una completa panorámica de la si-
tuación contemporánea del tradicional
“vecino del Sur”.

Tras un rápido vistazo a la historia, se
sumerge en la realidad marroquí del pre-
sente para concentrarse en la figura de
Mohamed VI, el tercer rey poscolonial, en
quien ve un posible reformador del maj-
zén (el Estado oficial) desde su legitimi-
dad monárquica. Sin duda, el monarca
trae un viento nuevo, con una nueva gene-
ración, que intenta zafarse del sistema pa-
trimonial anterior, democratizar el país,
controlar al islamismo, hacer un sitio a la

mujer, combatir la pobreza, desarrollar la
economía, favorecer la descentralización,
prevenir el desarrollo urbano incontrola-
do, reducir la emigración y generalizar la
instrucción...

El autor confía, aunque con la boca pe-
queña, en la voluntad y las posibilidades

del nuevo rey. La situación social y econó-
mica es casi catastrófica, la instrucción es
mala y no generalizada, la situación de la
mujer –aunque mejor que en otros países
árabes– no es buena, la gran minoría bere-
ber reclama derechos que se le han dado
con cuentagotas, la emigración es salvaje y
realiza en catastroficas condiciones, las re-
laciones exteriores no siempre funcionan
bien y hay peligro de introversión y aisla-
miento, la prensa, que es vigorosa, reclama
más peso y libertad, el peso de ciertas tra-
diciones frena la modernización... Una la-
bor ingente espera al nuevo monarca, pero
Marruecos, creemos con el autor, tiene
grandes posibilidades, como demostró va-
rias veces a lo largo de su historia.

C. CARANCI

PIERRE VERMEREN,
Marruecos en transición,

Granada, Almed, 2002,
365 páginas, 18 €

Una transición con expectativas

En 1958, los rifeños se alzaron para pedir la vuelta de Abd-el-Krim, aquí fotografiado en el exilio.

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Aunque sigue siendo el segundo in-
versor en Marruecos, con 238 millones
de euros invertidos en los últimos cin-
co años, en el último año las inversio-
nes, que ya en 2001 cayeron un 77%
respecto a 2000, se han estancado, en
buena parte por la crisis política.

Más de 800 empresas españolas
No obstante, José Miguel Zaido, presi-
dente del Comité Empresarial Hispano-
marroquí, asegura que, a pesar del
conflicto diplomático, el trato recibido
por las más de 800 empresas españolas
instaladas en Marruecos, que dan tra-

bajo a unas 30.000 personas, “ha sido
exquisito”. Se refería a los empresarios
y trabajadores marroquíes, no al Go-
bierno de Rabat.

Crece el temor de que, si se prolon-
ga demasiado la crisis, las empresas es-
pañolas queden fuera de los grandes
proyectos, como el complejo portuario
que se pretende levantar en Tánger an-
tes de 2007, y de las privatizaciones de
grandes empresas públicas, que el nue-
vo Gobierno podría reanudar en breve.

Las exportaciones españolas pasaron
de 635’5 millones de euros en 1996 a
casi 1.504 millones en 2001, mientras

las importaciones pasaron de casi 485`5
millones a 1.221 millones. Marruecos es
el décimo cliente mundial de España y
el primero de África; España es el se-
gundo receptor, después de Francia, de
exportaciones marroquíes a la UE. Aun-
que en el 2001 se han congelado, Ma-
rruecos sigue siendo, tras el Reino Uni-
do y Portugal, el principal cliente de la
industria militar española, con compras
por valor de 28,3 millones de euros en
el último año. Aunque se trata “exclusi-
vamente de vehículos de transportes.
no blindados y no armados”, aseguró el
24 de septiembre en el Congreso el se-

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Aunque gran parte de los estereotiposaplicados a los inmigrantes marro-
quíes en España se ajuste a la pauta esta-
blecida por una maurofobia que, como ha
ilustrado Eloy Martín Corrales en una
obra reciente, remite a una rancia y secu-
lar genealogía, lo cierto es que la actitud
con que se acoge hoy a los trabajadores
procedentes del otro lado del Estrecho se
fundamenta en un equívoco preliminar: el
de imaginar que, más allá de nuestras cos-
tas, no existe otro credo que el de Maho-
ma. Inspirados por este determinismo de
nuevo cuño –emparentado con los que
prosperaron a lo largo del siglo XIX, aun-
que partiendo de la fe y no del clima o de
la raza–, los comentarios sobre los tempo-
reros norteafricanos dan por descontado
que entre ellos no pueden existir cristia-
nos, judíos o fieles de cualquier otra reli-
gión. Y lo que resulta aún más alarmante:
dan por descontado que el hecho de haber
nacido en un medio musulmán descarta
cualquier posibilidad de que los indivi-
duos evolucionen hacia el agnosticismo,
el descreimiento e, incluso, la apostasía.

Faenar bajo los plásticos de El Ejido y
proceder de un país del Magreb, en parti-
cular de Marruecos, acaba convirtiéndose
así en prueba de una sorprendente perte-
nencia a la fe musulmana, por lo demás en-
tendida como manifestación de una identi-
dad colectiva y no como opción religiosa.
A través de esta manipulación, cada día
más consolidada, los inmigrantes dejan de
ser percibidos como lo que son –personas
llegadas de otro país para ganarse la vida en
el nuestro, cada cual con su fe, su educa-
ción o sus esperanzas–, y pasan a formar

parte de esa categoría abstracta y totaliza-
dora en la que se ha convertido al Islam.
Una categoría sin escapatoria que com-
prende, revueltos en una amalgama inex-
tricable, desde los hábitos culinarios o el
vestido hasta la ablación del clítoris o el
matrimonio forzoso. Y todo ello por no ha-
blar del Islam como espacio geopolítico.

Disuelta la individualidad de los inmi-
grantes en esta totalidad única e indife-
renciada, nada tiene de extraño que los
problemas derivados de su presencia en

nuestro país –problemas como la quiebra
de la igualdad ante la ley o de la protec-
ción social garantizada por el trabajo– me-
rezcan menos atención que las discusiones
acerca de si el Islam puede convivir con la
democracia o si sus principios son compa-

tibles o no con los “valores de Occidente”.
Y es en la respuesta que se da a estas cues-
tiones, en la posición que se adopta ante
estos debates cuya misma formulación
convalida ya el determinismo que fuerza a
ver en cada inmigrante norteafricano un
musulmán, donde se continúa la tradición
que contempla al moro desde una simul-
tánea y doble perspectiva: como portador
de una cultura sensual y refinada y, al mis-
mo tiempo, como individuo fanático y
traicionero. Fieles, por una parte, a la acti-
tud del orientalismo romántico, no pocos
políticos e intelectuales tratan de argu-
mentar su defensa de los trabajadores nor-
teafricanos mediante una exaltación de sus
virtudes morales, como la generosidad, el
respeto de la amistad o el valor concedido
a los minúsculos placeres de la existencia.
En el extremo opuesto, y herederos de la
rancia actitud contra el infiel, hay quienes
se limitan a poner al día, aplicándolos a
los inmigrantes, los viejos tópicos utiliza-
dos para denigrar al sarraceno.

Lejos de esforzarse en dirimir cuál de las
dos visiones del musulmán es la que me-
jor se ajusta a la realidad, el discurso de-
mocrático debería denunciar lo que tienen
en común tanto una como otra. En primer
lugar, el hecho de enjuiciar a los indivi-
duos por lo que son y no por lo que hacen.
Pero, en segundo lugar, la pretensión de
describir las realidades sociales mediante
categorías religiosas –islam, cristianismo,
judaísmo-, de modo que el Estado aconfe-
sional se vea obligado a traicionar sus más
elementales principios con sólo expresar la
intención de actuar sobre ellas.

José María Ridao

Musulmanes sin escapatoria

La polémica del velo y de la enseñanza
llegó a España: ¿Se permite a las niñas
musulmanas ir al colegio con velo? ¿Es
obligatoria su escolarización? ¿Pueden
rechazar un colegio religioso si no hay otro?

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cretario general de Comercio Exterior,
Francisco Utrera.

Rabat acusa al Gobierno español de
estar poniendo obstáculos en la nego-
ciación del nuevo acuerdo agrícola Ma-
rruecos-UE, que debería cerrarse antes
de fin de año. España cree que Rabat
está atizando la tensión diplomática pa-
ra arrancar concesiones territoriales y
comerciales, y para desviar la atención
de los problemas internos, sobre todo
los económicos y la creciente presión
islamista. En privado, los dirigentes es-
pañoles califican la actitud marroquí de
permanente chantaje.

El “eje” Madrid-Argel
Aunque el Gobierno español insiste en
que su aproximación al Magreb es
“global y no de equilibrios”, la crisis en
las relaciones con Marruecos ha acele-
rado la negociación de un Tratado de
Amistad, Buena Vecindad y Coopera-
ción entre España y Argelia, similar al
firmado por España y Marruecos en
1991, y ha reforzado el interés en un
segundo gasoducto que enlace directa-
mente los yacimientos argelinos con
España.

El Tratado se firmaba en Madrid el pa-
sado 8 de octubre. Madrid busca en Ar-
gelia, sobre todo, seguridad en los su-
ministros de gas. Argel espera más ayu-
da de Madrid en su lucha contra los is-
lamistas radicales. Rabat ve en este acer-
camiento “un eje contra Marruecos”.

Argelia suministra ya el 53% del gas
que se consume en España. El 30% de
ese gas llega por el gasoducto inaugu-
rado en 1996 entre los yacimientos ar-

gelinos de Hassi R’Meil y España a tra-
vés de Marruecos.

El empeoramiento de las relaciones
hispano-marroquíes en los últimos dos
años y el aumento previsto del consu-
mo de gas en el último plan energético
–del 13’6% actual (el petróleo represen-
ta el 61’6% y la electricidad un 18%) a
un 18’1% en los próximos diez años-
han multiplicado las voces de alarma
ante el riesgo de represalias marroquíes.

La respuesta del Gobierno ha sido im-
pulsar los estudios previos para la cons-
trucción de un nuevo gasoducto que no
pase por territorio marroquí. La argelina
Sonatrach y la española Cepsa son las
principales accionistas de la sociedad,
que pretende concluir la obra en 2007.

Ceuta, Melilla y los islotes
El rey Hassan II prometió a España
que nunca utilizaría la violencia u otra
marcha verde para incorporar a la so-
beranía de Marruecos las plazas norte-
africanas, pero siempre dio por hecho,
aunque ningún dato salvo la geografía
lo justifique, que Marruecos tenía tan-
to derecho a ellas como España a Gi-
braltar y que ambas cuestiones debían
ir de la mano.

En este contexto, no fue tan casual la
ocupación simbólica del islote de Pere-
jil, el pasado 11 de julio, coincidiendo
con la aceptación por Londres de so-
beranía compartida hispano-británica
sobre Gibraltar. La contundente reac-
ción española no refleja el valor mate-
rial del islote, sino su valor simbólico,
político, moral y de prestigio, en el
contexto de la crisis entre Rabat y Ma-

drid, que culminó el 27 de octubre de
2001 con la retirada unilateral del em-
bajador marroquí en España, Abdesa-
lam Baraka.

Hassan cumplió su promesa durante
sus 38 años de reinado, pero nunca de-
jó de reivindicar Ceuta y Melilla (y los
tres enclaves menores) como territorio
marroquí. En 1987, propuso al Gobier-
no de Felipe González la formación de
un grupo de reflexión bilateral y, en
1991, incluyó los territorios en una fu-
tura región rifeña en el marco de la
descentralización administrativa con la
que intentó sin éxito ganarse en los úl-
timos años de su vida a los rebeldes
del Norte.

Ninguna de estas ideas fue aceptada
por España, donde sólo Izquierda Uni-
da ha apoyado abiertamente la cesión
de los territorios a Marruecos, pero los
responsables de la política exterior es-
pañola han visto durante decenios en
Ceuta y Melilla uno de los tres princi-
pales problemas estructurales en las re-
laciones hispano-marroquíes, junto al
Sahara y el de la pesca. ■

59

LAS CAUSAS DE LA DISCORDIA
ESPAÑA-MARRUECOS: ATRACCIÓN FATAL

Mohamed Benaissa y Ana Palacio se reunieron en Rabat, en julio
pasado, para tratar de desbloquear la crisis en torno a Perejil.

Juan Carlos I y Mohamed VI lloran en los funerales de Hassan II. El 26
de junio de 1999, la sintonía diplomática era mucho mejor que hoy.

BALFOUR, S., Abrazo mortal. De la guerra Co-
lonial a la Guerra Civil en Españ y Marrue-

cos (1909-1939), Barcelona, 2002.
MORALES LEZCANO, V., España y el Norte de África:
el protectorado en Marruecos (1912-1956), Ma-
drid, 1986.
SUEIRO SEOANE, S., España en el Mediterráneo.
Primo de Rivera y la cuestión marroquí. 1923-
1930, Madrid, 1992.
WOOLMAN, D. S., Abd-el-Krim y la Guerra del Rif,
Barcelona, 1971.
YBARRA, M. C., España y la descolonización del
Magreb, Madrid, 1998.

PARA SABER MÁS

LA AVENTURA DE LA HISTORIA ON-LINE

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