Download La Historia Del Loco - John Katzenbach PDF

TitleLa Historia Del Loco - John Katzenbach
TagsNature Wellness
File Size1.7 MB
Total Pages395
Table of Contents
                            La historia del loco
Nota del Autor
Primera parte. El narrador poco fiable
	1
	2
	3
	4
	5
	6
	7
	7
	9
Segunda parte. Un mundo de historias
	10
	11
	12
	13
	14
	15
	16
	17
	18
	19
	20
	21
	22
	23
	24
	25
	26
	27
	28
	29
	30
	31
	32
	33
	34
	35
Tercera parte. Pintura al látex blanca
	36
                        
Document Text Contents
Page 2

Libro proporcionado por el equipo
Le Libros

Visite nuestro sitio y descarga esto y otros miles de libros

http://LeLibros.org/

Descargar Libros Gratis, Libros PDF, Libros Online

http://LeLibros.org/
http://LeLibros.org/
http://LeLibros.org/
http://LeLibros.org/

Page 197

podamos. Que Evans y Tomapastillas no se enteren. —Hizo una breve pausa—.
Peter, ven a hablar con nosotros en privado. Tengo una idea…

El Bombero asintió.
—¿Qué se supone que buscamos? —preguntó Negro Grande.
—Ropas o zapatos manchados de sangre —contestó Peter—. En algún sitio

hay un cuchillo u otra clase de arma blanca. Sea lo que sea, tendrá que ser muy
afilada porque sirvió para cercenar dedos. Y el juego de llaves que falta, porque
para nuestro ángel las puertas cerradas no son un obstáculo. Y cualquier otra cosa
que nos permita conocer más detalles sobre el crimen por el que el pobre
Larguirucho está en la cárcel. Y cualquier cosa relacionada con los demás
crímenes que investiga Lucy, como recortes de periódicos o una prenda
femenina. No lo sé. Y desde luego lo más importante —aseguró.

—¿Qué? —preguntó Negro Grande.
—Cuatro falanges cortadas —contestó Peter con frialdad.

Francis se sentía incómodo en el despacho de Lucy mientras intentaba evitar
la mirada de Evans. La habitación estaba sumida en el silencio. Había un calor
pegajoso y enfermizo, como si la calefacción se hubiera quedado en marcha a la
vez que la temperatura exterior se disparaba. Lucy estaba atareada con un
expediente, hojeando páginas con anotaciones y tomando de vez en cuando
alguna nota en un bloc.

—El no debería estar aquí, señorita Jones. A pesar de la ay uda que crea que
le puede brindar y a pesar de la autorización del doctor Gulptilil, creo que es muy
inadecuado involucrar a un paciente en esta investigación. Sin duda, cualquier
aportación que pueda hacer carece de la base que tendría la de un miembro del
personal o la mía propia.

Evans logró sonar pomposo, lo que, en opinión de Francis, no era habitual en
él. Por lo general, el señor del Mal tenía un tono sarcástico e irritante que
subray aba las diferencias entre ellos. Francis sospechaba que Evans solía adoptar
ese tono clínico en las reuniones del personal. Desde luego, hacerse el importante
no era lo mismo que serlo. Un coro de conformidad se agitó en su interior.

—Veamos cómo lo hace —se limitó a decir Lucy tras alzar los ojos—. Si
crea algún problema, siempre estamos a tiempo de cambiar las cosas. —Y se
centró de nuevo en el expediente.

—Y ¿dónde está el otro? —insistió Evans.
—¿Peter? —preguntó Francis.
—Le he encargado las tareas más aburridas y menos importantes —dijo

Page 395

gesto con la mano hacia una simple caja de cartón marrón situada junto a la
pared.

Me acerqué y de su interior saqué varios objetos.
Unos blocs gruesos, una caja de lápices del número 2 con gomas de borrar,

dos latas de pintura al látex blanca, un rodillo, una bandeja y una brocha grande.
—¿Sabes qué pasa, Pajarillo? —dijo Lucy, midiendo sus palabras con la

precisión de un juez—. Cualquiera podría entrar aquí y leer lo que has escrito en
la pared. Y podría interpretarlo de vanas formas, y una de ellas sería preguntarse
cuántos cadáveres hay enterrados en el cementerio del viejo hospital. Y cómo
llegaron ahí esos cadáveres.

Asentí.
—Sin embargo, Francis, ésta es tu historia y tienes todo el derecho a contarla.

De ahí los blocs, que ofrecen un poco más de permanencia y más intimidad que
las palabras escritas en una pared. Algunas ya están empezando a borrarse y es
probable que, muy pronto, sean ilegibles.

Era verdad.
Lucy sonrió y se dispuso a añadir algo más, pero se detuvo. En lugar de eso,

se inclinó y me besó en la mejilla.
—Me alegro de volver a verte, Pajarillo —dijo—. Cuídate mejor de ahora en

adelante.
Y, dicho esto, se marchó cojeando, apoyándose en el bastón y arrastrando la

pierna derecha, inservible, como ingrato recuerdo de aquella noche. Los
hermanos Moses la observaron un momento y luego, sin decir nada, me
estrecharon la mano y la siguieron.

Una vez a solas, me volví hacia la pared. Mis ojos recorrieron veloces todas
las palabras escritas y, mientras leía, preparé con cuidado los lápices y los blocs.
Sin dudar más de unos segundos, copié deprisa desde el principio:

Pensé que la pintura al látex blanca podría esperar un par de días.

Similer Documents